POESÍA / Rosa Alcayaga Toro
(oratorio por las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez)
Ardo en estrellas de fuego
y embrutezco de ira
ante desdichado calvario que sangran las mil Marías en Ciudad Juárez
palpitan las vísceras golpeando caras mudas
repican campanas en el silencio repetido de la muerte oscura
el muertero vende suerte en medallitas… acecha
nadie responde nadie escucha
ni una sola caléndula nace ni un solo cactus
sólo madres llorando escombros
los escombros alborotan el horizonte
que viste de púrpura los puñales de la tarde
María levanta los brazos y sus dedos caen por el precipicio
Magdalena araña la puerta del santuario que ignora, úteros vacíos
en ese pueblo maldito cubierto de cruces abandonadas
brotan vírgenes muertas desde cada rincón
a la espera de una mano
pero no hay quien dibuje senderos
sólo un silencio crudo almidona sábanas rojas
un cuchillo brilla en lo alto
mi carne acusa
a gritos
reparto bocas
para rezar abrazadas por la tierra huérfana
Un golpe seco. Tú me indicas la gaviota herida que cayó del pino a un costado de tu casa y que impávida nos observa. Sangre en su pico, en sus ojos, a pincelazos breves bordando sus plumas blancas y al acercarnos, una gota tras otra, lentamente, teñía el piso de madera. Sola como un velero encallado, la sueño muerta enredada en su vómito. La sangre explota desde sus pulmones. Es papá que tose. Yo lo amaba y lloré siete días y siete noches aunque de adolescente te confieso, que cansada de sus retos, lo odié a escondidas. Tuve miedo porque creí que moría. La tos y la sangre en el pavimento. Yo caigo. El cerro no termina. Me despierto asustada. La gaviota intenta levantarse y recorre nuestras miradas sin perder la calma. Abre sus alas. Pretende alzar el vuelo, pero casi rueda por el precipicio. Mi papá fue el único que se salvó de todos los internos en la clínica. Me preguntas por qué lo odié. Han pasado tantos años. Uno odia al padre de repente sin explicaciones. Miles de cuchillos lo perseguían noche a noche al subir por el cerro empedrado. A la vuelta de la esquina lo esperaban. Entonces yo no pude salir de casa obligada a esconderme de su muerte. La sangre de la gaviota es de un rojo ardiente distinto al rojo muerto insoportable de la tos de mi padre que me trastorna. La empinas dulce y ella, a trastabillones, emprende viaje en busca del mar. Cierro los ojos y sólo veo un volantín blanco. Con los recuerdos de mi padre herido, recorro de nuevo el camino a casa y descubro en el piso sólo una gaviota roja.
Más sobre Rosa Alcayaga Toro










Comentarios recientes
hace 3 días
hace 2 semanas
hace 1 mes
hace 2 meses
hace 2 meses