Amanda Espejo

Rosa Emilia Alcayaga Toro

POESÍA / Rosa Alcayaga Toro




EN ESE PUEBLO MALDITO

(oratorio por las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez)


 

Ardo en estrellas de fuego

y embrutezco de ira

ante desdichado calvario que sangran las mil Marías en Ciudad Juárez

palpitan las vísceras golpeando caras mudas

repican campanas en el silencio repetido de la muerte oscura

el muertero vende suerte en medallitas… acecha

nadie responde nadie escucha

ni una sola caléndula nace ni un solo cactus

sólo madres llorando escombros

los escombros alborotan el horizonte que viste de púrpura los puñales de la tarde

María levanta los brazos y sus dedos caen por el precipicio

Magdalena araña la puerta del santuario que ignora, úteros vacíos

en ese pueblo maldito cubierto de cruces abandonadas

brotan vírgenes muertas desde cada rincón

a la espera de una mano

pero no hay quien dibuje senderos

sólo un silencio crudo almidona sábanas rojas

un cuchillo brilla en lo alto

mi carne acusa

a gritos

reparto bocas

para rezar abrazadas por la tierra huérfana

 

 

 




GAVIOTA ROJA

 

 

Un golpe seco. Tú me indicas la gaviota herida que cayó del pino a un costado de tu casa y que impávida nos observa. Sangre en su pico, en sus ojos, a pincelazos breves bordando sus plumas blancas y al acercarnos, una gota tras otra, lentamente, teñía el piso de madera. Sola como un velero encallado, la sueño muerta enredada en su vómito. La sangre explota desde sus pulmones. Es papá que tose. Yo lo amaba y lloré siete días y siete noches aunque de adolescente te confieso, que cansada de sus retos, lo odié a escondidas. Tuve miedo porque creí que moría. La tos y la sangre en el pavimento. Yo caigo. El cerro no termina. Me despierto asustada. La gaviota intenta levantarse y recorre nuestras miradas sin perder la calma. Abre sus alas. Pretende alzar el vuelo, pero casi rueda por el precipicio. Mi papá fue el único que se salvó de todos los internos en la clínica. Me preguntas por qué lo odié. Han pasado tantos años. Uno odia al padre de repente sin explicaciones. Miles de cuchillos lo perseguían noche a noche al subir por el cerro empedrado. A la vuelta de la esquina lo esperaban. Entonces yo no pude salir de casa obligada a esconderme de su muerte. La sangre de la gaviota es de un rojo ardiente distinto al rojo muerto insoportable de la tos de mi padre que me trastorna. La empinas dulce y ella, a trastabillones, emprende viaje en busca del mar. Cierro los ojos y sólo veo un volantín blanco. Con los recuerdos de mi padre herido, recorro de nuevo el camino a casa y descubro en el piso sólo una gaviota roja.

 

 

 

Textos publicados en Revista La Mancha N° 17

 

 

Rosa Emilia del Pilar Toro Alcayaga. Periodista. Agradecida de haber estudiado en Ecuador, graduada en la Universidad de Guayaquil en 1981. 
Llegó a Chile en 1988; trabajó en Temuco en el Austral y en la Ñielol. Desde 1989, en las radios Nuevo Mundo y Chilena de Santiago. En el diario La Época cuando este agonizaba, más tarde en el diario El Sur de Concepción, para terminar como cesante. Algunos dicen que por conflictiva. "Orgullosa" de serlo, comenta ella. (Datos de su libro "Mil veces mujer...a pesar de todo", publicado el año 2001).

 

 

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