Justo en medio del jardín,
debajo de una improvisada tarima, el maestro Julio daba los últimos
aprietes al futuro escenario. Por entre los travesaños del entramado
vio acercarse con paso nervioso a la dueña de casa, la señora Gloria,
su patrona.
-¿Falta mucho maestro Julio?, me tiene Ud. sufriendo de ansiedad y ya están llegando los invitados.
-Casi nada Sra. Gloria, cinco minutos y ya estoy listo.
-¡Oh, por fin! – exclamó aliviada –. Venga luego a la casa para pagarle.Y se encaminó presurosa al encuentro de las personas que iban llegando.
-“Por fin también digo yo – pensó él - , como si no quisiera haber terminado hace rato...”
A
Julio, este trabajo le había caído de extra, y si bien tuvo que
realizarlo después de su horario normal, tampoco podría haberse negado.
Primero, porque la Sra. Gloria era la esposa de su patrón, y segundo,
por necesidad: él no podía darse el lujo de rechazar ningún “pololito”.
Se
incorporó despacio para no sentir la cuenta que su cuerpo de casi
sesenta años le estaba cobrando y se encaminó a la cocina. Le abrió una
mujer joven, vestida con un impecable uniforme azul y blanco.
- Buenas noches señorita, ya terminé. La Sra. Gloria me dijo que pasara por aquí.
- Sí maestro, aquí le tengo su sobre.
Aprovechando el buen tono de la mujer, se atrevió a comentar :
- Bien elegante la fiesta, ¡hasta con escenario!
-
¡Ah, si! – exclamó la joven – Es que no se trata de una fiesta común.
La Sra. Gloria pertenece a un círculo literario y como anfitriona le
gusta deslumbrar. Hoy celebran una tertulia, y el escenario, como dice
Ud., es para lograr el ambiente necesario de cada relato o poema.
- ¡Mire pues! – asintió Julio moviendo la cabeza – Todo esto para leer poesía... bueno señorita, gracias y hasta luego.
Se despidió guardando el esperado sobre en el bolsillo interior de su casaca.
Mientras caminaba hacia el paradero de micros no pudo evitar
seguir viendo el hermoso jardín, adornado con unos candelabros de
fierro envejecido donde ardían unos velones gordos, importantes, de
color y olor a miel. Sobre la tarima que él construyó se habían
dispuesto unos arcos de flores simulando una pérgola, y en las esquinas
se mecían al vaivén del viento, unas cortinas de gasa en color natural,
como derramándose por sus pilares.
-“Todo eso para leer poesía... -
repensó –. Subió a la micro y después de un buen rato de ir colgando,
pudo conseguir al fin un asiento donde se desplomó agotado.
Generalmente, se dormía en un dos por tres y como si su cerebro tuviera
una alarma, se despertaba justo una o dos cuadras antes de su bajada.
Sin embargo, esta vez no pudo dormirse. La visión del hermoso cuadro
presenciado le recordaba el concepto “poesía”, y esta palabra se
repetía en su mente cual una fórmula mágica que lo arrastraba hacia el
pasado.
- “Alguna vez, yo también supe de eso.” - Y retrocedió por
un túnel dentro de sus recuerdos hasta encontrarse a sí mismo
convertido en un niño de unos diez años o algo más. Estaba llegando de
la escuela y corría emocionado en busca de su madre.
- ¡ Mamá,
mamita, mira lo que te traje! – Su madre le había abrazado y después de
estampar un besote sonoro en su carita, le decía: ¿Qué cosa mi niño,
acaso es un regalo?
- Sí mamá, es un regalo y se llama poesía. Hoy me la aprendí para ti.
Con
las mejillas arreboladas, había sacado un papel del bolsillo de su
overol gris y entregándolo a su madre, le decía: escucha, se llama
Obrerito, es de una poetisa chilena, Gabriela Mistral y me la aprendí
de memoria.
Y con sus ojitos brillantes recitaba: Madre, cuando sea
grande, ¡ay, que mozo el que tendrás! Te levantaré en mis brazos como
el viento alza el trigal. Yo no sé si haré tu casa, cual me hiciste tú
el pañal, o si fundiré los bronces...
- Señor, ¿Me permite el asiento por favor? - La voz firme trajo a Julio al presente.
Después
de hacerse a un lado para dar paso al pasajero, sus recuerdos llenaron
el espacio donde se encontraba. Recordó cómo, poco a poco, la vida le
fue robando sus sueños. Las promesas hechas a su madre se cumplieron
sólo en parte. La repentina muerte del padre le obligó a trabajar
siendo aún un muchacho, y su escuela, cuadernos y un posible futuro
profesional se perdieron entre carretillas, ladrillos y mezcla de
cemento. Sus libros los cambió por la música, eterna compañera en sus
jornadas de trabajo. La lectura se fue reduciendo al sencillo acto de
ojear un diario, ya fuera suyo o prestado, el que nunca faltó entre sus
compañeros. Aunque en algún fugaz momento había pensado retomar los
estudios, esto siempre fue postergado, ya por su casamiento, ya por los
tres hijos o porque ellos pudieran estudiar todo lo que él no pudo.
- “Es linda la poesía, pero esquiva con los pobres... al final, pinta mundos que no son nuestros.”
Volviéndose hacia la ventanilla, se dio cuenta que su viaje terminaba.
Al
bajar, todo el cansancio acumulado le cayó sobre los hombros haciéndole
sentir más disminuido aún. Tan sólo dos cuadras más, y ya estaría en
casa.
- ¿ Qué habrá preparado la vieja? – se preguntó, al tiempo que
su estómago lanzaba extraños ruidos en señal de protesta por el largo
ayuno obligado.
Mientras abría la reja de su casa, una vocecita tierna lo salió a recibir:
- ¡Tata, llegó mi tatita! – gritó una pequeñita de tres o cuatro años que, veloz, trepó a sus brazos y se colgó de su cuello.
- Sí mi preciosa, llegó su tata, dígame... ¿quién es mi encanto? ¿Cómo
se llama el capullito del tata? Y mientras la besaba, la llenaba de
ternuras. ¿Cómo se portó la más linda de todas las niñas?
- Bien, ¡muy bien tata! Pero no quería comer sin que tú llegaras.
Al entrar al comedor, Julio miró a su mujer que medio asomada en la cocina, le anunciaba:
- La Rosita te está esperando, así es que siéntense “altiro” que voy a servirles.
Un
olor tentador anunciaba lo sabroso de la comida que le esperaba y ese
placer anticipado le borró todo el cansancio y le levantó el ánimo.
Dejó
a la niña en el suelo y observando atentamente su carita sonriente y
sobre todo, el cariño con que ella lo veía, lanzó una risa contenida,
diciendo para sí:
- ¡Qué escenario, qué de velitas!... Que disfruten
su poesía todos esos poetas. Yo, en los ojos y en la risa de mi niña,
tengo el canto de la vida .
Y alargando su mano hacia la niña dijo: ¡Ya mi princesita, vayamos a la mesa!
FIN
Amanda Espejo
Cuento mención honrosa en el 17° Concurso Recordando a Gabriela y Pablo









el cuento, porque en si, es un cuento poesía. Que tengas un hermoso día.