¿Una de fantasmas?
La
relación entre cine y literatura se ha dado desde los albores del
Séptimo Arte. Sin una base escrita, es decir, un guión, la imagen es
casi imposible. Para dar coherencia a un relato visual se precisa de un
argumento, ya sea sobre la base de una idea original o bien de la
adaptación de una obra impresa. Sobre estas últimas el cine se ha
nutrido abundantemente, para bien o para mal de los escritores. Buenos
argumentos no siempre son la base para que una cinta sea de calidad.
Generalmente se repite hasta el cansancio esa fórmula de que “el libro
era mejor”. Los ejemplos sobran al respecto. Pero, también es cierto
que muchos libros han ganado fama luego de haber sido adaptados por el
cine, y también los ejemplos sobran. Sólo basta ver La Naranja
Mecánica, de Stanley Kubrick, para que una obra como la de Anthony
Burguess tome vigencia y sea reeditada de tiempo en tiempo, para el
placer de los lectores. O bien, obras menores y desconocidas para la
gran masa lectora, abran nuevas vertientes para descubrir a escritores
olvidados por el público y la crítica. Si bien es cierto que Henry
James, el maestro de lo incierto, no necesita presentación alguna, no
es menos valedero destacar que la puesta en escena de “Otra vuelta de tuerca”
hace que la distancia a veces insondable entre lectura e imagen
adquiera nuevos sentidos. Jack Clayton, al adaptar “Otra vuelta…” no
sólo nos permite acercarnos a la obra de James sino también adentrarnos
en un mundo de apariencias donde el lector ha de participar aportando
su propia versión de los hechos narrados. Meritoria la realización del
guión, donde participó el controvertido escritor norteamericano Truman
Capote, logrando lo que para muchos es un desafío: igualar o superar a
la obra escrita. El aporte de Clayton es casi un milagro en el sentido
de adaptar una obra de muchas lecturas (léase interpretaciones) para
que el espectador saque sus propias conclusiones.
Lo que en primera
impresión es un relato de fantasmas y posesiones del más allá, se
transforma paulatinamente en un intrincado buceo en las fantasías
reprimidas de su protagonista, Miss Gidden, interpretada magistralmente
por una insuperable Deborah Kerr. Si hubiera que descifrar el verdadero
sentido que impuso James a su obra, tal vez la versión de “Otra
vuelta…”, de Clayton, hubiera logrado ajustarse a los gustos de su
autor. La magnífica forma en que Clayton nos propone esta “vuelta de
tuerca” donde la medrosa y reprimida Miss Gidden ha de fabricarse una
historia de claros atisbos freudianos, apoyado por la imagen en blanco
y negro sobrecogedor, nos lleva a la siguiente pregunta: ¿existe en
realidad un caso de posesión diabólica o, simplemente, son los miedos y
represiones de la protagonista, Miss Gidden, que toman forma humana?
Trabajo para el espectador, ya bastante acostumbrado a lo servido en
bandeja y sin mensaje escondido. No se trata de involucrarnos en un
drama que pertenece sólo a la protagonista, sino que forma parte del
juego que propone James y que revalida Clayton con su inquietante
versión de la “Otra vuelta…”. Para resumir en breves palabras el
argumento, la imagen nos lleva a una casona victoriana a donde llega
una institutriz todavía joven para enseñar a dos niños huérfanos que
dependen básicamente de un tío solterón y disoluto que sólo quiere que
“lo dejen en paz”. Miss Gidden ha de enfrentarse a dos niños de
apariencia normal, aparentemente poseídos por los espíritus del antiguo
mayordomo y la anterior institutriz, pero que, a medida como avanza el
relato, crea un ambiente ambiguo donde Miss Gidden se enfrenta a sus
propios fantasmas interiores.
Relato de ambiente gótico, sustentado
por sólidas actuaciones, que merece verse y reverse, sacar conclusiones
y que, mediante una puesta en escena que recuerda a Hitchcock, nos hace
vislumbrar el trasfondo de la condición humana en perpetuo conflicto
con la ambigüedad de la fantasía y la realidad. Realizada en 1961, Los Inocentes,
atrapa por su alto contenido en imágenes, por su mensaje conmovedor y
su alto nivel tanto interpretativo como de dirección. Jack Clayton
merece, por sólo esta película, incluirse dentro de los directores del
siglo XX que logran una perfecta simbiosis entre creación literaria e
imagen narrativa digna e intensa, logrando en el espectador la
inquietud necesaria para convertir el relato visual en una obra maestra
de concisión, donde arte y literatura, atmósfera e imagen, se unen para
deleitarnos con una puesta en escena sin precedentes, invariable
antecedente para filmes posteriores como Los Otros, de Amenábar, o
Sexto Sentido, donde el doble juego de la realidad aparente es sólo un
pretexto bien logrado para confundir a los espectadores con una
historia que es tiene algo de verdad y algo de ficción, pábulo
necesario en toda creación que haga pensar y sentir. Bien por Clayton y
bien por la imagen que perdura en un universo tan poco dado a la
imaginación.
Bernardo Astudillo / Grupo LA MANCHA
Publicado en La mancha número seis.









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