
SOMALIA EN LLAMAS
La canícula del tiempo cae inexorable y despiadada
sobre el pueblo de Somalia.
Su aliento arrasador seca todo vestigio de vida,
la existencia.
Arena líquida invade las aldeas, los prados y los valles,
el país se ha convertido en minúsculos granos.
Y en medio de todo el caos atroz que azota a Somalia
los niños, los dulces sueños del futuro
yacen absorbidos por la voraz lengua de fuego
que convierte la tierra en desierto.
El agua, precioso líquido escasea, se evapora
entre los dedos de Somalia y las epidemias recorren las calles
y se adueñan de inocentes seres humanos.
Su nombre temido es el cólera que se suma intemperante
a la hambruna declarada.
Los niños fallecen en los esqueléticos brazos de sus padres,
sin derramar una lágrimas de sus vacías cuencas.
El dolor es un vagabundo que transita el desierto
en busca del campo de refugiados de Dadaab
en la periferia de Kenya,
pero para algunas niñas y mujeres nunca será alcanzado
antes de caer víctima de atropellos y violaciones sexuales
por forajidos y criminales que asedian los caminos.
El cuerno de África yace indolente a tanto martirio,
su boca seca clama por ayuda,
eleva sus huesudos brazos en busca de las Naciones Unidas,
la fuerza humanitaria que no llega,
los convoyes de alimentos que se alejan como espejismos.
Tres punto siete millones de seres que yacen al borde la de muerte,
inertes, esperanzados en despertar
de esa horrible pesadilla que les roba los hijos,
que les viola mujeres y niñas
y que les priva de los derechos elementales,
como el alimento y el agua.
¿Qué hace el mundo impávido que observa indiferente?
¿Qué hacen los hombres todo poderosos
que extraen las riquezas del planeta,
qué hacen en sus yates de lujo y sus fabulosas mansiones?
¿Qué hacen América y Europa que no intervienen?
Es que no va en sus agendas bélicas,
pues Somalia yace despojada del alma
ya no le quedan riquezas por robar,
y su raza es pobre y de color.
¿Qué pasará por las mentes de aquellos que contemplan
displicentes tanto dolor?
¿Qué hacemos, mundo, ante esta gran calamidad?
Pertenece a: Los Poetas Itinerantes Rubén Darío de Valparaíso.









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