Pablo Delgado U.
Cuando Jaime Collyer usó: abyectos, despreciables, narcisistas, entre otros epítetos, para describir a los escritores, no estaba lejos ni distante de lo que suele suceder en esa cofradía. Tampoco lo estaba Parra al poner muy cercana la palabra sospechosos. Al parecer la vanidad es algo menor en ellos; por cierto, hay vaguedades peores que los cruzan y crucifican descarnadamente, y en la historia literaria, muchos de ellos han dejado abiertas grandes pugnas sin resolver que en sus escuálidas vértebras enhebraron para que no salgan a flote.
¿A qué viene tanta baldía punitiva cuando aún falta tanto camino por recorrer?
“Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.
Me confunden los escritores como también me sucede con los
historiadores, aunque por cierto, mi desconfianza está en los puntos de
vistas, sobre todo en las fechas que otorgan a sus realezas. De hecho,
los veo pugnar en contradicciones: pujan la aparentabilidad de lo
incierto para acertar la parafernalia que sostiene su desidia.
Me veo mejor con los filósofos; hasta es posible decir que tienen otro
tono de piel, otra mirada, que suele ser a veces trasparente. Incluso
podría sacarme una foto con ellos. En cambio, y no por desprecio, los
otros, los escritores bufan otro aire, parpadean lento y enturbian la
mirada. Creo, y los he observado, caminan apretados, se sobajean
demasiado unos a otros; pero no se confundan, que son artimañas,
preceptos, consignas que esconden bajo su piel disfrazados para atacar
y despresar a su presa.
Me cuentan cercanos que es mejor estar alerta, atento a cualquier
cambio en el tono de voz, en sus afirmaciones genéricas que desatan
reiteradamente al buscar la lubricación de su lengua. Que tenga cuidado
- me dicen - cuando éstos se posan en sus sillas y desnivelan la
mirada; sobre todo cuando cruzan sus brazos, porque la historia dice
que “algo” viene. Nada inmaculado.
Buena señal es por cierto, cuando se mezan la barba o estiran el
bigote. Eso tiene que ver con la calma de sus movimientos, no con la
calma interior, y hasta una noche se podría encontrar uno de ellos
pastando de lo calmado que son. Lo que no suena a siniestro, ya que
muchos animalitos pasan su vida pastando. Buena parte de su extrañeza
es su rumiar, y aquí es cuando debemos entender su embozo impreciso
como solía decir Saramago, en algunos desplayos de su contertulia vida.
El permanente curar que acusan los escritores los hace desvelar en
patrañas sus debilidades humanas. Mosilgas que se muestran unos a otros
para compartir la ociosidad, el desgano y la envidia que sustentan sus
verdaderas intenciones. El empacho de ellos por ser ególatras y
omnipotentes mucho antes de ser consecuentes en dejar de lado esas
bajas pasiones y musitar el devenir de su creatividad literaria para
compartirla con sus congeneres y crear junto a sus musas lo que
verdaderamente urge en la palabra.
Como ven, buenas migas no tengo con ellos. Lo he intentado más de una vez: he ido a seminarios, ferias, tertulias, recitales, pero todo ha sido en vano.
Lo cierto es que aún no he llorado, ni me he arrastrado por el suelo,
tampoco me he arañado, ni he dejado de escribir, menos he dejado de
fumar. Sólo hago deportes de vez en cuando apostado en mi bicicleta CIC
modelo antiguo, otras veces salgo a caminar a orillas del mar. A veces
le pregunto a las gaviotas si saben algo de Ulises, de Jemesía o
Clutonia.
Entonces vuelco mi mirada para encontrar el sosiego y sólo tengo una
respuesta para ello: quiero escribir me digo, pero estoy muy lejos.
Debo pernoctar con Cervantes, Melville, Borges, Cortázar, Toole,
Bretón, Vaché, Jarry, Perec, Kafka, Lichtenberg, Wittgenstein, Casares,
Petronio, Livio, Pascal, pero mi braceo es insuficiente y me ahogo
antes, mucho antes de aprender a nadar y pienso nuevamente en los
pesares que podrían estar esperándome.








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