En algún punto de mi niñez, mi madre tuvo un vestido blanco de terylene.
Es
curioso como a pesar de los años, ese vestido permanece incólume en
medio de los grises ocultos en cada vericueto de la memoria. Se veía
linda mi madre con su melenita corta, pañuelito al cuello y el plisado
pulcro de la nueva tela que hacia furor en aquel entonces. Yo solía
admirarla de reojo durante las caminatas domingueras que realizábamos
desde nuestra casa, situada en calle Herrera, hasta la Quinta Normal.
Todo
el trayecto por avenida Portales, era una fiesta de apronte








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